Los edificios suelen estar expuestos al impacto directo de la incidencia de los rayos del sol y a temperaturas externas. Los rayos solares —en específico la gama del infrarrojo— transmite calor a los elementos a los que incide, calor que es conveniente aprovechar en climas fríos y evitar en climas calurosos.

Todos sabemos que el sol sale del este y se oculta en el oeste, pues bien, esta aseveración tiene matices. En invierno en el hemisferio norte el sol sale del éste, si, pero cargado además al norte y se mete en el oeste en esas mismas circunstancias. En el verano el sol sale del éste pero cargado hacia el sur.

En zonas calurosas del hemisferio norte se suele situar el edificio con sus principales zonas de ventilación y habitación al norte, pues es la fachada en donde menos incide el sol (de hecho más allá del trópico de cáncer nunca da el sol a las fachadas orientadas al norte en el hemisferio norte). Así se proveen de una ventajosa reducción de la insolación. En las zonas frías la elección es situar al sur las zonas habitables y evitar la fachada norte.

Así tenemos un primer método de control ambiental en donde se analizan la salida y puesta de sol a lo largo del año, también es conveniente analizar la incidencia del viento para tener un primer parámetro de diseño:

Orientación

La orientación del edificio. Se trata de encontrar la posición más adecuada en un sitio determinado según las incidencias de sol y de viento.

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